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amigo, i ambos trabaron una polémica digna de sus talentos e ilustracion.

No se queria comprender que yo no condenaba en manera alguna la historia de los hechos, i que si bien no me consagraba a escribirla, lo único que hacia era apoderarme de ellos para estudiarlos en sus oríjenes i resultados, es decir, en las ideas que los produjeron i en su influencia social. Mi pensamiento i mi aspiracion eran los que en ese momento espresaba M. de Lamartine en estas brillantes palabras: “La imparcialidad de la historia no es la del espejo que solamente refleja los objetos. Es la del juez que ve, que escucha i pronuncia. Los anales no son la historia: para que ésta merezca tal nombre, necesita una conciencia, porque ella mas tarde llega a ser la del jénero humano. La narracion vivificada por la imajinacion, reflejada i juzgada por la sabiduria, tal es la historia como la entendian los antiguos, i tal como yo querria dejar de ella un fragmento a mi pais, si Dios se dignara guiar mi pluma.” Yo no conocia estas palabras, pero sentia su verdad.

Sin embargo, los historiadores nacionales no la sentian, i entonces i despues se han complacido, escepto uno que otro, ya no en escribir nuestros anales, no la crónica de nuestros hechos, sino la historia casera, por decirlo así, perdiéndose en la narracion de consejas vulgares i de detalles insignificantes, tales como si éste saltó una pared, si aquel escribió un papelito, si el otro dijo, o tornó i se fué; i de este modo han torturado la paciencia de los lectores, hasta hacerlos aburrirse, i tambien avergonzarse, de lo que es la historia de Chile, tal como se les presenta confeccio

nada con hablillas i tradiciones vulgares. Esta es la historia que ha prevalecido, a pesar de mis esfuerzos, en lugar de la narracion elevada, de buen gusto i fecundada por la sabiduria.

Solamente este método de estudiar la historia humana puede conducirnos a hallar en ella el conocimiento de las leyes que rijen el universo moral; i esta verdad que proclamaba yo en 184+ es cada dia mas exacta para mí. Se dice con mucha justicia que no merecen el nombre de ciencias las morales i políticas, porque no son mas que el conocimiento de sistemas o de razonamientos mas o menos injeniosos sobre esos objetos; en tanto que la verdadera ciencia, el conocimiento de la naturaleza física, está fundado en los hechos i en demostraciones incontestables. ¿Por qué no podriamos dar a las ciencias sociales una base igual en los hechos i en la esperiencia?

Mas para darles esa base, es necesario seguir el mismo método que adoptan los sábios, dando a las ciencias naturales como único punto de partida los hechos evidentes, estudiados en sus causas i resultados, hasta averiguar con certidumbre sus leyes. Ellos no se limitan a esponer los hechos naturales, sino que estudian sus relaciones, el modo cómo se producen, cómo se encadenan i suceden; es decir, estudian el fenómeno i sus leyes, i alcanzan resultados que asombran. ¿I por ventura, la naturaleza humana carece de leyes? Sus fenómenos o sus hechos, obra casi siempre de la fuerza i la violencia, del error impuesto o de las creencias dictadas, de sistemas arbitrarios i caprichosos, de intereses jenerales o esclusivos i particulares, ¿no tienen causas i resultados, no tienen relacion i encadenamiento entre sí, como los hechos del mundo físico?

Hé ahí el fin de la historia: ella debe refundir en sus dominios, por decirlo así, la física i la química de la naturaleza del universo moral, esto es, el conocimiento de sus hechos o fenómenos i el de las leyes que los rijen i relacionan; para llegar por medio de este proceder al conocimiento verdadero de esas leyes, i fundar en él las ciencias sociales, dándoles por este medio una base sólida en la verdad universal, independientemente de toda autoridad, de toda preocupacion i de todo sistema arbitrario. Aplicada esta teoria a la historia particular de un pueblo, ella nos daria a conocer con precision científica las leyes de su existencia i de su progreso jeneral.

Despues de este segundo ensayo, que no habia sido mejor comprendido, en vez de desmayar, dí a mi obra mayores proporciones, acometiendo la árdua em. presa de estender mis estudios históricos a las instituciones liberales de Europa i América, durante los primeros cincuenta años del siglo XIX. A fuerza de tenacidad i desvelos, pude publicar en 1853 la Historia Constitucional de Medio Siglo, primera parte, hasta 1825. La prensa de América i de Europa dió noticia de ella, pero el público chileno no la compró. Ni el lugar, ni el tiempo facilitaban esta enorme tarea, que imponia sacrificios i gastos, a pura pérdida: era liecesario darla de mano, ceñirse a trabajar como pobre obrero en una grande obra, que se construia lentamente i sin pagar salario. Valia mas trabajar sin ganar, que trabajar perdiendo lo que hacia falta para la vida.

En las grandes naciones, los escritores de este jánero hallan teatro i público, que no solamente los estimula, sino que los enriquece. Para mí no habia mas que desengaños i dolores: tan siquiera habia logrado formar escuela. Mis discípulos se hacian hombres i eran arrastrados por la sociedad vieja, que les hacia olvidar mis doctrinas, para amoldarlos a sus exijencias. No hallaba compañeros, sino para pelear las batallas de la política, i esos mismos me dejaba u solo en mi camino, cuando las peripecias i las vicisitudes de la contienda les abrian nuevas sendas en su vida práctica: no tenian por qué quedarse con aquel que habiav encontrado en el campo de batalla, buscando un triunfo mas alto que los de la política, i mui quimérico para los que viven de realidades. ¡Ah! cuántos compañeros he tenido que me han dejado, para volver otra vez a encontrarme, i tornar a dejarme de nuevo, sin poder esplicarse mi plan, ni mis aspiraciones a la rejeneracion social!

Mis ideas sobre historia no habian hecho suerte, pero me quedaban la política especulativa o científica i la literatura, como medios poderosos para combatir el pasado i abrir campo a la verdad i a la nueva ci. vilizacion. Era necesario luchar con fé i destinar al servicio de tan santa causa el poco tiempo que dejaban las tareas de la vida ordinaria. Obras políticas i literarias, grandes i pequeñas, francas o disfrazadas, insolentes o humildes, didácticas o de fruslerias, todo era bueno, siendo oportuno i consagrado al gran propósito. Esta era mi dedicacion, cuando una circunstancia me hizo volver a la historia nacional.

El partido conservador hacia la apoteósis de su política, elevando una estátua de bronce a Portales, su Moises, su salvador i el fundador de su poder actual. Portales era el grande hombre de un partido político, pero la influencia que ejerció en los destinos de su patria le rebajaba a la categoria de un estadista de circunstancias. No era el jénio de la rejeneracion social i política, no era el gran estadista que promueve todos los intereses de su nacion, que afianza la ventura presente i prepara la del porvenir. No, era solamente el estadista de un partido, que funda el gobierno fuerte de unos cuantos, para dominar a su patria i sojuzgarla a un sistema esclusivo. ¿Se podia hacer la apoteósis de un hombre tal, a nombre de la nacion? ¿Se podria presentar como el modelo del gobernante de una república al que no solo había desconocido la democracia, sino que la habia contrariado; al que no habia comprendido que la tirania es la guerra, que la fuerza no consolida nada en el órden social; al que habia creido que gobernar es dominar? I sin embargo, eso era lo que se santificaba en el discurso oficial de la inauguracion de la estátua, torturando la historia i calumniándola, para dar esplendor al héroe i discernirle la gloria de lejislador i de organizador de la república. Con esto no se hacia mas que defender i justificar el sistema político que a la sazon dominaba. Era necesario restablecer la historia con imparcialidad, i para eso sobraban los documentos oficiales. Ellos revelaban con toda severidad al hombre i le presentaban tal como habia sido en el gobierno, i no tal como se le queria hacer aparecer.

Esos son el orijen i el objeto del Juicio histórico sobre don Diego Portales, escrito en vista de aquellos

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