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ESTUDIO

SOBRE

LA ORGANIZACION ECONÓMICA

I LA

HACIENDA PÚBLICA DE CHILE

SANTIAGO

IMPRENTA DE "LOS TIEMPOS"—CHIRIMOYO NÚM. 13

INTRODUCCION

Habituado a escribir casi incesantemente para el foro, en que solo se busca la claridad de la forma i la solidez del fondo, sacrificando a ellas la galanura i belleza del lenguaje; sin oportunidad para consultar los archivos p\\blicos i sin el tiempo material para hacerlo, ^-principio por reconocer que no es pequeño atrevimiento el mió al escribir sobre una materia íf^que, difícil de suyo, necesitaría ser espuesta con la luoidez i el brillo que logran engalanar *> la aridez de los números i de las observaciones que en ellos se fundan. ,i Pido, pues, escusa a los que tengan paciencia para leer, i no desisto, con todo, del propósito que me he formado. Voi a escribir artículos de diario, un folleto, lo que buenamente salga al correr de la oj pluma, sin ninguna pretensión literaria ni científica i animado tan solo del deseo de investigar para mí mismo, i de esponer lo que estime verdadero. ¿Seré feliz en este ensayo? Dará base para más detenidos estudios? No me alienta tan agradable esperanza.

Quiero por esta vez, llevar a la práctica la opinión que me daba uno de nuestros distinguidos conciudadanos. Él me decia: Una esposicion es siempre útil, sea buena o sea mala, Si buena, porque enseña; si mala, porque, con la contradicción, afianza la verdad que combate.

Si esta opinión no es tal vez radicalmente verdadera, lo es, sin duda, a propósito de una materia tan difícil como la que este estadio comprende.

Lo es más todavía, si se considera que en la organización democrática, por todos debe estudiarse lo que a todos interesa.

I lo es, sobre todo, en la situación actual, en que el país está entorpecido o duerme.

¿Es el sueño reparador para xin trabajo cnérjico al levantarse la aurora?

¿Es el sueño fatigoso del enfermo en la postración?

Sin que tenga aquella ilusión alentadora, declaro que esa misma postración enfermiza es lo único que me mueve a provocar una investigación sobre la organización económica i la Hacienda Pública del pais.

No es éste ya el que era.

Enérjico i vigoroso, entró con empeño en la carrera del progreso. Su industria dió algunos pasos en un desarrollo relativo; su administración económica fué severa i parciruoniosa; los particulares usaban de una prudente discreción en la estension de sus consumos, i, sobre todo, los hijos de esta tierra, mandatarios, hombres de letras, periodistas, sus habitantes en jeneral, tenian a honor posponer siempre el interés personal en aras del bien público. El gabinete i la prensa, la tribuna i el salón, estaban consagrados al servicio jeneral i todos estudiaban, todo se discutía, i a veces se batallaba por las medidas de buen gobierno. Ahora, por desgracia, la escena parece haber cambiado.

Es cierto que la prensa está siempre alerta para aprovechar las pulsaciones que aun quedan; pero la prensa, por la naturaleza de sus tareas, si muchas veces hace preciosa crítica de iluminación i hasta de creación verdadera, en mui pocas puede alcanzar a la crítica de organización i de detalle.

Es cierto que las intenciones aparecen i son rectas; pero en el órden económico, las intenciones no son hechos.

Miéntras tanto, en todas las esferas sociales, se nota un desagradable cansancio; cada cual piensa en sí mismo; la crítica es desapacible; las jentes no quieren despertar de sus sueños, como si temieran un porvenir más oscuro que en el descanso, i ninguna voz se levanta para llamarnos al campo del trabajo; se teme más a la crítica por la acción que a la inacción del fastidio, i hemos vuelto a los tiempos del coloniaje, en que Humboldt pudo con justicia decir de la América del Sur: que vivíamos, no para gozar provechosamente de la vida, sino para prolongarla.

II

Esta indeferencia jeneral nos domina, cuando precisamente nos encontramos en una situación más peligrosa.

No es todavía del caso aglomerar números, que en el cuerpo de este estudio se habrán de encontrar tal vez con exceso; pero, sin necesidad de ellos, creo que la jeneralidad estará de acuerdo en que nuestro servicio público, si ha crecido sin tasa en cuanto al personal, i si se ha estendido no pocas veces a materias estrañas al dominio lejítimo de la acción del Estado, no ha mejorado en comparación con tiempos anteriores, no ha alcanzado en organización la altura de los servicios de la industria particidar, i no obstante, es en la actualidad tan caro, que podría citarse ejemplo de algún servicio fiscal nueve veces más costoso que el mismo servicio particular.

La seguridad personal no es ahora mayor que en los últimos cuarenta aiios; la acción preventiva o reparadora de la justicia, está sujeta a los mismos tropiezos que ántes; las artes útiles no tienen mayor campo de ejercicio.

Hemos aumentado el personal i los costos, sin mejorar proporcionalmentc el servicio.

I para seguir esta via de fatal descenso, nuestros gastos públicos han ido aumentando todos los años, sirviéndose a veces el aumento con tributos inmediatos sobre los contribuyentes en forma de impuestos o de agravaciones en ellos, i las más, por empréstitos sucesivos, que han convertido este recurso estraordinario en el arbitrio común para llenar nuestras cargas anuales.

Tan solo desde 1870, la deuda pública ha alcanzado un aumento que puede estimarse ya en 36.000,000 de posos, la mayor parte invertidos en llenar el déficit de nuestro servicio ordinario, i ya se prevé uno nuevo para el año en curso, que nuestros hombres públicos estiman en cerca de dos millones, i que no pocos creemos llegará al doble de la suma prevista. Más aun, muchos lu deseamos, porque la mayor parte de ese déficit, ha de venir, atendida nuestra organización tributaria, de las entradas de Aduanas. Así estamos condenados a verlo aumentar, a soportar las consecuencias de una internación cuadrupla del déficit, que esquilmaría nuestra reserva metálica, nos perjudicaría en los cambios, agotaría en parte no pequeña nuestros capitales circulantes, i, con la ostensión de los consumos ménos reproductores, daría márjen a un empobrecimiento mas jeneral.

III

Semejante situación, siempre dolorosa, no lo seria tanto, si el estado de nuestra industria i nuestra organización económica permitiesen al pais mirar con indiferencia i soportar una agravación considerable de sus tributos.

Pero, como de ordinario sucede en este orden, la situación industrial no es más favorable que la de nuestra Hacienda Pública.

La lejislacion i el espíritu del coloniaje han ejercido i mantienen sobre el pais un predominio estenso que no se conoce lo bastante i que casi no ha sido estudiado.

Con la emancipación, arrancamos de nuestras ciudades el escudo de Castilla; pero no arrancamos de nuestras almas las tendencias, las preocupaciones, ni en su mayor parte, la organización económica que nos fué impuesta.

La España nos aplicó en obsequio suyo—i también, es preciso decirlo, para su propia completa ruina—el sistema de la balanza de comercio, i lo aplicó con todo el poder de sus leyes.

Quiso ser ella i fué nuestra única proveedora, para evitar a su industria manufacturera todo jénero de competencia, i nos acostumbró a esperarlo todo del estranjero, sin que hayamos pensado jamás en el desarrollo de la industria fabril.

Quiso, como consecuencia de lo primero, evitar la competencia con la misma América, prohibiéndonos los variados cultivos de la vid, del olivo i de la morera, para regalarnos el sistema de la encomienda, i nos creó una agricultura de estension i de gran señor, tendente solo a alimentar la vida i en que la producción quedase concretada a consumos locales.

Quiso tener el monopolio de los metales preciosos, para guardarlos ella bajo pena de muerte, i nos hizo pueblos mineros, para que estimásemos el oro i la plata, sin emplearlos útilmente, mióntras contribuíamos a depreciarlos en el mercado jeneral.

Hoi conservamos casi completamente nuestra organización antigua, a pesar de cambiod más aparentes que reales.

Tenemos la industria agrícola en grandes propiedades, con trabas que entorpecen su división i su fácil trasmisión.

Tenemos el sistema de inquilinaje, trasunto fiel de la antigua mita.

Los grandes propietarios, sin cultivar ellos mismos sus campos i sin entregarlos al cultivo esmerado, propenden siempre a la agricultura estensiva.

Son ellos los que cuentan con el apoyo del capital i los que de ordinario lo inmovilizan en grandes construcciones.

Conservamos moribunda la industria minera, no poco desdeñada por los hombres de prudencia, aunque haya sido en verdad la más rica fuente de nuestros progresos.

Hemos cambiado nuestra provisión española por la provisión de las casas de interna don.

Carecemos como antes de toda industria fabril,

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