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separaba y de las dificultades que por todas partes le entorpecian sus designios, tuvo arte de escribir á los Obispos fortificándolos en la buena doctrina, haciéndoles conocer los sofismas de Elipando en una refutacion sabia y elocuente, y vindicando al mismo tiempo los santos Doctores de la Iglesia hispana. No contento con estas medidas preventivas el celoso Pontífice, agotó despues todos los recursos de su vigilancia pastoral, escribiendo y amonestando con la mayor mansedumbre á Elipando, é interesando á Carlo Magno para reducirle á la razon, hasta que por último mandó congregar un Concilio en Francfort, en el que fueron anatematizados los errores; y comunicado todo á los Obispos, contribuyó estraordinariamente á conservar la unidad de la fe en la Iglesia de España. No se sabe con certidumbre la resolucion de Elipando despues de este memorable acaecimiento, echándose de menos algun escrito de su elocuente pluma en pro ó en contra del Concilio de Francfort; pero tocando ya con el fin del siglo VIII, hácia el año de 799, mos sale al encuentro el Concilio de Urgel, único que nos recuerda nuestra historia eclesiástica de aquel siglo, y en el que comparece depuesto el célebre Felix, haciendo protestacion de la fe y retractando todos sus errores, condenados en un Concilio de Roma compuesto de cincuenta y siete Obispos y presidido por San Leon III. De modo que, tendiendo ahora la vista por el siglo VIII, es imposible desconocer la vigilancia pastoral de los Pontífices en la Iglesia de España, su influencia venturosa en todos los Obispos, y que la constancia de la fe de los españoles en tan calamitosos tiempos fue debida á su inviolable respeto á las decretales de la San

ta Sede. 15. Estamos sin querer en el siglo IX, encontrando siempre repetidos testimonios de la independencia de la Iglesia hispana del dominio temporal, y su constante adhesion á la supremacía de la Santa Sede. No era por cierto el siglo IX el mas proporcionado para conservar este orden, pues apenas Alfonso el Grande descubrió las llanuras de las Castillas y arrojó de ellas á los moros, cuando apareció la época en España de aquella multitud de régulos y condes independientes, que además de debilitar sus propias fuerzas prolongando el yugo de los moros, ofrece por todas partes soberanos, enemigos unos de otros, de contrarias ideas, opuestas índoles y diferentes sentimientos.—De modo que, atendida por un lado la division y multitud de régulos de la monarquía goda, y por otro la servidumbre y abatimiento en que gemia la España árabe, puede decirse sin exageracion, que humanamente hablando parecia imposible la unidad de la fe en sus muchas y dilatadas provincias. La resolucion de este portento, columbrado alguna vez por la penetracion del célebre Ambrosio Morales, no ha sido facil comprenderse bien hasta estos últimos años, y debe fijar nuestra atencion para entender bien la materia. Todo ha quedado claro desde que, desenterrados los depósitos de la antigüedad, se han confrontado cuidadosamente los nueve códices celebérrimos de la Iglesia hispana. Se creia antes por los estrangeros y nuestros mas ilustres autores nacionales, Aguirre, Loaisa, &c., que nuestra famosa coleccion canónica habia principiado en tiempo de San Isidoro; y como ya en aquella edad variaba mucho la disciplina de la Iglesia comparándola con la antigua, no se acertaba á congeturar la razon por la que toda España, á pesar de la subdivision de tantos reinos y la dominacion morisca, conservara siempre una disciplina tan pura y admirable; pero despues que los trabajos literarios de Barruel y otros eruditos, auxiliados de la proteccion real del Gobierno, sacando del polvo los nueve referidos códices los confrontaron y examinaron sábiamente, se salió al instante de la duda, pues advirtieron con admiracion que los nueve códices, idénticos entre sí en cuanto á los Concilios y Epístolas sinódicas de los Papas anteriores al Concilio cuarto Toledano, ofrecian sin embargo algunas variantes con respecto á los Cánones y Decretales pontificias agregadas desde aquella época en adelante; es decir, que la Iglesia hispana estaba radicada sobre su antigua coleccion, anterior mas de doscientos años á la que publicó despues el célebre Dionisio Exíguo, autorizada por los Papas, y que sirvió de norma al Occidente. En consecuencia los Obispos de la monarquía goda y de la Iglesia árabe, enriquecidos con los primitivos códices, llevaron consigo á sus sillas la misma doctrina y los mismos libros canónicos con se gobernaban las diócesis de España desde el siglo III y principios del IV (tan ilustre por el Concilio Iliberitano, asistido de Osio y San Valerio) hasta el referido cuarto Toledano.

Ahora bien, con este conocimiento, no solamente se comprueba la antigüedad gloriosa de la coleccion hispana, sino que penetramos

al instante la causa de su admirable disciplina

en su gobierno interior y su independencia del dominio temporal, por cuanto las dificultades que apuntamos antes, procedentes de la ocupacion de las metrópolis por los moros y otras semejantes, se salvaban perfectamente siguiendo el modelo de la antigua disciplina estampada en sus famosos códices. No habia Iglesia que ignorase el recurso de los Obispos Marcial y Basílides al Papa San Esteban. No habia ninguna que no tuviese noticia por los referidos códices de la carta del Papa San Siricio hácia el año 385, en la que manda espresamente

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“que se observen los estatutos de la Silla apos

tólica condenando el matrimonio de los clérigos.” Todas sabian igualmente la Epístola de San Inocencio I por el año de 404, en la que ordenaba deponer ciertos Obispos y restituir otros á sus sillas. Todas se hallaban igualmente informadas por el mismo conducto de que el Papa Simplicio, hácia el año 482, habia nom

brado á Cenon vicario suyo para las provincias de Bética y Lusitania, como San Leon el Grande lo habia hecho antes en cierto modo con Santo Toribio, Obispo de Astorga, recomendándole examinar en un Concilio cuáles eran los Obispos que habian incurrido en la heregía de Prisciliano; y que el Papa Hormisdas habia confirmado esta disposicion, añadiendo otras honoríficas al metropolitano de Tarragona; todo lo que les constaba tambien por el Concilio Bracarense celebrado en 561. Así que, trasladándose los Obispos ahora en su imaginacion á la situacion de sus antecesores del tiempo de los romanos y de los reyes godos, sectarios de Arrio, resolvian por un orden natural todas las cuestiones y dificultades que les sobrevenian, pues dirigian sus consultas á los Papas, gobernándose por sus decisiones. Y véase la razon por la que, á pesar de la contínua emigracion de los prelados, el trastorno de las diócesis, incesante movimiento de las guerras, la alternativa contínua de conquistas y reconquistas, y la multitud de reyes moros y cristianos en que se subdividieron las provincias de España, siempre se conservó intacta la independencia de la Iglesia. ¿Quién diria que esta causal, tan noble y honorífica al nombre español, no habria de haber sido dada á conocer al público inmediatamente que se advirtió la admirable correspondencia de los nueve códices tantas veces mencionados? Sin embargo, desde la misma época data el plan combinado de sujetar la Iglesia his

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