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fiesto los derechos del hombre, vivifica su jenio y le prepara gloria y prosperidad.

No contenta con destruir la política absurda que avasallaba los Chilenos á un gobierno situado en sus antípodas, introdujo su suave influencia en todos los repliegues de la sociedad, no solo atrasada sino tambien paralizada por su sistema de aislamiento y por la privacion , casi absoluta, de todo principio de civilizacion. Sin colejios, sin industria y casi sin comercio, e\ pueblo se hallaba doblegado á una obediencia pasiva bajo el doble yugo de la preocupacion y del despotisnio; seguia ciegamente el impulso que le daba un gobierno indiferente, y jemia al ver su nulidad política, que le somctia á los caprichos de sus jefes, y á la insolente altanería de casi cuantos nenian nombre de Español, hasta que, perdiendo el sufrimiento, salió de su letargo, y, en su desesperacion, algunos jenerosos Chilenos se arrojaron á ideas de revoluciou, abrazándolas como un principio de deber y de necesidad.

La empresa de esta revolucion era tan delicada como difícil, puesto que ten^a que desarraigar hábitos de tres siglos; que vencer preocupaciones alimentadas por principios de la fe mal interpretada, y que aclimatar en el país ideas enteramente estrañas y, en verdad» bastante temerarias para comprometer los intereses y la existencia de muchos. Pero la Providencia , que tiene bajo su amparo á toda la humanidad, conduce por la mano las naciones á sus altos fines por medio de la sabiduría y de la prevision de algunas cabezas privilejiadas, y por la fuerza (Material de la nacion misma.

Los primeros síntomas de esta revolucion se manifestaron al principio del siglo 19°, época, en la cual el espíritu de libertad ejercia una poderosa accion en las diferentes clases de la sociedad, introduciéndose, por todas partes,, en las costumbres, en las artes y hasta en la relijion misma, y tendiendo 4 ponerse de acuerdo con la ley de progresos y de reformas que animaba á la mayor parte de la Europa, A la verdad, los Americanos se bailaban débiles, sin esperiencia, sin conocimientos estratégicos, y, por la mayor parte, aun subyugados de un sentimiento arraigado de respeto y de fidelidad á su monarca, circunstancia que no podia menos de complicar mucho la cuestion, spscitapdo necesariamente ideas de guerra : sin embargo, habia la esperanza de que España no podría, sin grandes dificultades, hacer frente á una vasta insurreccion, hallándose exhausta por la depravacion de la corte, Hen,a de disensiones; cpq su tesoro agotado y amenazada de una formidable invasion. Adepaas, Ja grande distancia de la metrópoli, y la enorme estension que podia tomar el movimiento insurreccional presentaban ventajas aun m^s ciertas que era muy fápü apreciar.

Por su lado, España no podia quea\ars£indiferenteá las psadas ideas americapas, aují cuando su real erario se hallase agotado, y la nacion, en upa situacion casi desesperada. Acostumbraba á considerar las América* cpmo qna de las mas ricas jpyas de su corona, no temió arriesgarse á los mas duros sacrificios para impedir un divorcio que arruinaba sus derechos y jomprometia, en tan alto grado, su honor y su interes. Cadiz, sobretodo, como la mas interesada, por su monopolio comercial, puso en movimiento toda su actividad y su influjo para forzar la junta gobernadora á mostrarse imperiosa, amenazadora, y aun la obligó á armar muchas espediciones, cuyos gastos fueron costeados por la ciudad misma, en parte, y en parte cubiertos con el dinero que los mismos Americanos enviaban para sostener la guerra defensiva de la nacion española contra la Francia. Todos saben qué resultados tuvieron estas espediciones, y las reacciones violentas, monstruosas que ocasionaron, reacciones que duraron muchos años y no cesaron hasta que los Americanos, enteramente dueños del terreno, acabaron de destruir las insignias reales que quedaban, y escribieron en sus restos ensangrentados el acto solenne de su libertad y soberanía. Los grandes acontecimientos políticos se hallan, lo mismo que los de la naturaleza, sujetos á crisis que el hombre egoísta y nimio mira con espanto, al paso que un verdadero filósofo las desdeña, considerándolas como males naturales y pasajeros de un parto cuyo fruto los hará echar muy pronto en olvido. Tales son los signos que caracterizan las épocas de nuestros progresos, así como la superposicion admirable de diferentes terrenos indica la fecha relativa de los espantosos cataclismos que ha padecido nuestro planeta. Pero estas crisis y estos trastornos han debido

ser mas ó menos violentos, mas ó menos durables segun el estado de la sociedad. En Europa, en donde las revoluciones políticas son bastante frecuentes, en nuestra era, el equilibrio social solo se altera por cierto tiempo, porque la ciencia y la esperiencia imprimen , incontinenti, al movimiento una fuerza que lo para y lo detiene; pero en América , en donde las ideas de independencia y de libertad eran tan poco conocidas y tan nuevas, y cuyos colonos existían bajo la tutela de la ignorancia y de preocupaciones, este movimiento no podia menos de tomar un aspecto muy diferente, y resentirse de la grande metamórfosis que se operaba en sus costumbres, principios é intereses. A la verdad, los que tenían el mando procuraron seguir las huellas de los Estados Unidos, tomando su forma de gobierno y sus instituciones por modelo; pero para eso les faltaba aquel espíritu de republicanismo democrático que tenian los AngloAmericanos ya desde la llegada de los primeros colonos , espíritu que formaba la base de sus instituciones políticas y sociales. A pesar del grande acontecimiento que los acababa de separar de su madre patria, los Americanos del Norte habian conservado casi intactos sus hábitos privados y políticos, y su constitucion no habia variado sino muy poco; no habian tenido mas que rejuvenecer, por decirlo así, ideas tan antiguas como sus colonias, dándoles nueva vida y nuevo vigor, y aun este pequeño cambio fué imperceptible para ciertos estados, de suerte que apenas se hallaron en posesion de su libertad, que al punto dejaron, pacíficamente y sin la menor repugnancia , las armas y la autoridad los que la habian ejercido, para volver á sus campos y labrantío, que solo habian abandonado momentáneamente á impulsos de su patriotismo. Lo que caracterizó mas admirablemente esta revolucion fué que no dejó tras sí la menor traza de sus violencias ni de sus escesos; el órden y la tranquilidad se restablecieron inmediatamente , como si la razon sola hubiese tomado las armas para sobreponerse al error y al capricho de un déspota.

Mas no sucedió lo mismo en las colonias españolas, cuyos habitantes, sin esperiencia, sin antecedentes semejantes y dominados por una infinidad de preocupaciones debidas á su educacion incompleta, se vieron de repente gobernados por leyes contrarias á sus creencias y á sus hábitos. Necesariamente aquellas provincias se habian de resentir de una transformacion tan súbita, y por el hecho mismo de haber sido el teatro de disensiones y de motin, sus habitantes no han podido menos de dejarse arrastrar por las pasiones rencorosas de partidos, que despiertan al egoísmo é impelen á criminales reacciones, de las cuales surjieron guerras civiles, guerras que entregaron al país á la merced del despotismo militar, solo dueño, desde entonces, del poder.

Esta ha sido la suerte que una administracion egoísta habia preparado á aquellas nuevas repúblicas, suerte dura, triste, deplorable, pero cuyos desastres fueron felizmente compensados por los infi

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