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real nombre estender en España el principio subversivo de la apelacion al Concilio general, emancipar su Iglesia de la Santa Sede, y regirla ministerialmente bajo el pretesto de soberana proteccion. Con este objeto, repitiendo en Madrid el año de 1709 la misma escena de París en 1682, se formó la junta llamada Magna, y se recogieron de los archivos todos los papeles y escritos susceptibles de alguna falsa interpretacion; porque en honor de la verdad, ni el memorial célebre de Chumacero, ni el dictamen de Melchor Cano, ni la representacion del Arzobispo de Granada Albanel á Felipe IV, ni ninguna otra de los Obispos españoles adolecen de las máximas galicanas; pero comentados los manuscritos á su modo por Orri y Amelot, ganaron el ánimo del Rey para que firmase su famosa carta á Clemente XI, en la que estrañándose S. M. de la cuestion política, se envolvia en puntos religiosos, sosteniendo en suma el mismo dictamen de los fiscales del Parlamento de París, y añadiendo con baldon y sin el mas ligero fundamento, que los Reyes de España por derecho de conquista habian nombrado siempre Obispos y toda clase de beneficios, hasta que Fernando é Isabel la Católica permitieron la intervencion del Papa Sisto IV. Cuanto mas se lee el contesto de esta carta, mas nos admiramos de que hubiese personas que abusasen tanto de la bondad y confianza de aquel monarca religioso, y no podríamos comprender el arrojo de Amelot y Orri en redactarla, si no considerásemos en primer lugar que los franceses nunca han estudiado bien las antigüedades de España, y en segundo si no supiésemos por la historia eclesiástica que Amelot, habiendo pasado de embajador á Roma despues de su salida de España, combatió secretamente la bula Unigenitus, y era fautor de los apelantes. Con estos antecedentes ya se entiende por qué comprometieron la firma del Rey en una carta que estaba en oposicion abierta con las noticias históricas, con las reglas del derecho civil y canónico, y con los testimonios auténticos de los archivos nacionales. Estas observaciones no se encontrarán en Wiliam Coxe ni en sus traductores, tan peregrinos como él en el derecho canónico y civil de España, pero no por eso dejarán de ser ciertas y fundadas. En cuanto á la contradiccion de la carta con las noticias históricas salta á los ojos al punto, pues segun aparece de las leyes de Partida y las del ordenamiento, antes insertas, las elecciones de los Obispos pertenecian á los cabildos catedrales, en cuyo ejercicio perseveraron hasta Fernando el Católico. Igualmente ofendia la carta al derecho canónico en lo mas sustancial de su doctrina, constando de ella, que establecida la Iglesia libre é independiente por su divino Fundador, no reconoce derecho ninguno de conquistas para nombrar Obispos, antes por el contrario todas sus concesiones son gratuitas y procedentes de la espontánea voluntad de los Concilios y los Papas, de cuya verdad incontestable deponen

el código civil y la ley de Partida (*) infrascrita, muy anterior á los Reyes Católicos. Ultimamente, el contenido de la referida carta era diametralmente opuesto á los anales gloriosos de la historia de España, y solo un ministro estrangero, insensible al honor nacional, pudo dejarse decir que nuestros monarcas reconquistaron para sí y por sus propias fuerzas como si hubieran ido mandando un ejército de esclavos. Los descendientes de Fernan Gonzalez del Cid, de Gonzalo de Córdoba, &c., &c., prestaron tambien á la patria servicios importantes, y acreditaron con magníficas fundaciones al mismo tiempo que su piedad las hazañas de su brazo: los maestres y caballeros de las órdenes milita

(*) Partida 1, tít. 15, ley 51 Por que razon tovo por bien santa Eglesia que los legos oviesen derecho de patronadgo. Sufre santa Eglesia é consiente que los legos hayan algun poder en algunas cosas spirituales, asi como en poder presentar clérigos para las Eglesias, que es cosa spiritual ó allegada con spiritual, é esto fizo por facerles gracia é merced. E magüer que las Eglesias con sus dotes é con todas las otras cosas que han sean en poder de los Obispos, é ellos las deben ordenar ó poner clérigos en ellas, tovo por bien santa Eglesia que este poder oviesen los legos, que pueden presentar clérigos para las Eglesias onde son patrones. E esta gracia que les fizo, tanto tiempo la usaron que es tornada en derecho comumal, é por este poder que han y los llaman el derecho de patronadgo como spiritual, é ayuntado á spiritual. Casi puramente lo fuese non podrian los legos aver; porque segun la fuerza del derecho, los legos non han poder por sí de entremeterse en las cosas que pertenecen á la Eglesia, é mayormente en las que son spirituales. Ca tambien en la vieja ley tenian de tal manera, que apartados fueron los que han de veer é de ordenar las cosas spirituales de las temporales.

res abundan de testimonios semejantes; y en general los belicosos pueblos que rescataron su patria del yugo sarraceno á costa de sus fatigas y su sangre, sin haber trasmitido á sus herederos ni siquiera un palmo de tierra, son quizá mas acreedores por este desinterés al aprecio de la posteridad que los cortesanos de la Junta Magna, bien provistos de empleos y pensiones. Ya es tiempo, Señora, que se quite la máscara á los aduladores y parásitos del despotismo, y suene la voz de la razon y religiosa libertad, característica de los buenos ciudadanos. El camino de negociar con Roma no era el que aconsejaron los cortesanos á Felipe V, haciéndole instrumento de la política francesa, Pluguiera á Dios que yo me equivocase, y que los avisos que me repite el corazon fueran ilusiones; pero si mis juicios no me engañan, desde que se apoderó de Luis XIV la falsa política de trasladar al imperio la autoridad independiente de la Iglesia, y se inspiró á la de Felipe V esta fatal tendencia, se abrió en Francia la sima espantosa de las revoluciones, y se procedió en España con una venda en los ojos, que ha ocultado la luz de la verdad y precipitado los consejos en muchas ocasiones. Es innegable que Clemente XI, amedrentado por el Austria, que amenazaba ocupará Roma al frente de veinte mil hombres, reconoció al archiduque Carlos, no obstante de haberlo verificado anteriormente con Felipe V. Pero ¿qué conexion guarda este suceso puramente diplomático con el punto de la nominacion y confirmacion canónica de los Obispos? Por ventura, ¿no sabemos todos que los prelados españoles, especialmente el de Guadix, habian intentado restituir la antigua disciplina favorable á los metropolitanos, y fue desestimada su propuesta por los Padres del Concilio? Pues luego, ¿cómo pudo persuadirse la Junta Magna que el Confesor de Felipe V, otro religioso mas y el Obispo de Lérida Solís, sus principales consultores, habian de ejercer bastante autoridad para mudar una disciplina triunfante en el Concilio de Trento? Ya que el ejemplo de la Francia arrastraba en aquel tiempo á los ministros, ¿cómo mo escarmentaron viendo estrelladas las amenazas de Luis XIV en una tentativa semejante? Conviene no precipitar los juicios en materias de política, pues un pensamiento mal concebido puede arrastrar una guerra desastrosa ó la perdicion del reino. El dictamen de los fiscales del Parlamento de París y el de la Junta Magna de Felipe V giraban bajo un concepto falso y una simulacion que honra muy poco á su diplomacia. Unos y otros hablaban de trasladar el derecho de la confirmacion á los metropolitanos; y prescindiendo de la facultad tan gratuita que se arrogaban pretendiendo trastormar la disciplina vigente de la Iglesia, cuyo pensamiento iba descubierto, ocultaban otro mas vicioso en realidad, cual era el de querer restaurar la antigua disciplina de la confirmacion ejercida por los metropolitanos, y conservar la nueva de la nominacion de los Obispos en los Reyes, priva

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