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IX.

Pero el mas serio de los asuntos de esta clase que han llegado a mi noticia, fué el orijinado por un sermon que el presbítero don Melchor de Jáuregui pronunció en la catedral de Santiago el domingo 20 de mayo de 1714, pascua de Pentecostes.

Fué aquella una cuestion mui ruidosa, a consecuencia de la cual se malquistaron la audiencia i el obispo, i los oidores entre sí i con el presidente; i en la que, llevada al consejo de las Indias, intervino el monarca mismo.

Por mucho tiempo, sirvió de tema a las conversaciones de los vecinos de Santiago; pero no habiendo cuidado ningun cronista nacional de consignarla en sus pajinas, habia caído en el mas profundo olvido.

El dia mencionado habian asistido a la catedral para solemnizar la fiesta de pascua, que era una de las de tabla, el presidente don Juan Andres de Ustáriz, i los oidores licenciado don Ignacio Antonio del Castillo, doctor don Francisco Sánchez de Barreda i Vera, i licenciado don Ignacio Gallégos, i tambien el oidor licenciado don Juan del Corral Calvo de la Torre, que desempeñaba interinamente el cargo de fiscal.

Estaban ademas presentes los miembros del cabildo secular i otros funcionarios de categoría.

Celebraba de pontifical la misa el obispo don Luis Francisco Romero, asistido de los canónigos i muchos clérigos.

Entre los fieles que llenaban la iglesia, se hallaba, como es de suponerse, lo mas selecto de la poblacion masculina i femenina de la ciudad.

Subió al pulpito, para predicar el sermon, don Melchor de Jáuregui, joven presbítero, que tenia todavía menos juicio que años.

Era éste-un clérigo mui protejido del obispo, a quien llevaba ordinariamente la cauda en las fiestas i ceremonias, i cuya casa frecuentaba con asiduidad.

Ne se dice si Jáuregui tenia algun motivo particular para malquerer a los señores de la audiencia.

Pero uno de los testigos del sumario que se levantó, el maestre de campo don Agustin Arévalo Briseño, segun espuso al comenzar, "hijo i nieto de los primeros conquistadores, i que así atendia i miraba las utilidades de la república a continuacion e imitacion de los suyos," insinuó que Jáuregui en aquella vez habia obrado por inspiracion ajena. "Este presbítero, dice, consultó a varias personas eclesiásticas, refiriéndoles el sermon para alcanzar el aplauso, o que le dijesen su sentir; i habiéndole respondido que no lo predicase, rompiendo por todo, lo hizo, deduciéndose de ello que advertido de la fealdad de la culpa, no estuvo en su mano la reflexion, i que era guiado de mayor impulso, considerando las cortas esperiencias de su edad i corta suficiencia." Evidentemente el declarante queria aludir al obispo.

Sea de esto lo que se quiera, el predicador tomó por tema el Ite et (locete omnes gentes, que desenvolvió diciendo que los apóstoles eran doctores que tenian por maestro al Espíritu Santo.

Al llegar aquí, hizo una especie de paréntesis, esclamando: ¡ojalá en este tiempo los doctores mereciesen su grado; i no fuesen simples mercaderes que con plata i falsos papeles obtienen el título de tales i de juristas sin letras!

Los majistrados i los demas oyentes pararon al pnnto la atencion, descubriendo en aquello una alusion sangrienta contra uno-o mas miembros de la audiencia.

Entre tanto, el predicador continuaba. r»

Citó un testo del libro de Job, en el cual'se rene- 'J*~~~ei re que aquel santo varon oia atentamente las palabras de Dios que le hablaba.

I de esto tomó asunto para esclamar: ¡ojalá enlos tiempos que corren, los majistrados atendiesen a las relaciones, i no a las musarañas, por lo cual' al llegar el momento de ir a resolver, entran las congojas; ¡i pluguiera a Dios que fuera esto solo!

Al oír tales cosas, todos redoblaban la atencion, pero los majistrados, i muchos de* los oyentes manifestaban juntamente el mayor desagrado.

El licenciado don Juan de Rosales, abogado de la audiencia de Santiago, i protector jeneral de los indios de Chile, espresa en el sumario, que la indignacion de escuchar tales conceptos le impedia comprenderlos, i que estuvo al salirse de la iglesia, viendo con enfado las pretensiones que descubria el predicador de parodiar al profeta Samuel, i su poca prudencia, talento i justicia, lo que atribuyó" a su juventud.

Sin embargo, agrega con sinceridad que no faltaban quienes se holgaran de las alusiones ofensivas de Jáuregui, porque, como dijo el rei don Alonso en la Partida, "fuerza es que loaí que juzgan tengan malquerientes."

A despecho de todas aquellas muestras de turbacion jeneral, el predicador, a quien si faltaban los años i el seso, debia sobrar la audacia, seguia impertérrito en sus insinuaciones ofensivas, queescandalizaban los oídos timoratos de oyentes muí poco habituados a lindezas de aquel jénero.

Trajo a colacion la serpiente de Moises erijida en el desierto, i con este motivo pasó a hablar de los jueces, diciendo que obraban por pasion, i no por justicia, que las partes se quejaban de la tardanza en decidirse los pleitos, que las sentencias se quedaban en el aire sin castigarse los delitos i sin mirarse por la conservacion de las honras.

El sermon concluyó en medio de una grande ajitacion del auditorio, que la dejaba ver por demostraciones i movimientos, i la hacia oír por cuchicheos i comentarios en voz mas o ménos baja, hasta el punto que el rejidor don Diego Martin de Morales, segun consta del sumario, el cual "no habia oído nada por estar agravado del catarro," comprendió haber habido novedad; que el rejidor don Tomas Canales de la Cerda, el cual se habia quedado dormido, despertó; i que el alcalde capitan don Sebastian Chaparro, el cual por haber estado distraído, solo habia oído decir al predicador que las heridas causadas por los jueces con la dilacion i la resolucion de los pleitos eran peores que aquellas que Nuestro Señor Jesucristo habia recibido en la pasion, principió a indagar qué era lo que motivaba tanto alboroto.

El presidente i oidores, i mui especialmente los señores Castillo, Gallégos i Sánchez de Barreda i Vera se manifestaban en estremo irritados.

De la catedral se fueron al palacio para celebrar un acuerdo estraordinario, i deliberar, a pesar de la festividad del dia, sobre el modo de castigar tamaño desacato.

El fiscal interino don Juan del Corral Calvo de la Torre, que era, o mas induljente, o mas sereno que sus colegas, sostuvo que el asunto no era en su concepto ni tan premioso que los autorizase para trabajar en domingo, ni tan grave como se queria pintarlo, porque a lo ménos él por su parte, no se atreveria a asegurar contra qué individuo o tribunal determinado iban encaminadas las palabras jenerales vertidas por el predicador Jáuregui, las Cuales se aplicaban a la audiencia solo por presunciones. Opinó, por lo tanto, que se aplazara la discusion hasta el primer dia ordinario de trabajo, que era el próximo miércoles.

Considerándose poco cristiano el quebrantar la santidad del domingo con la dedicacion a negocios, se aceptó el dictámen del fiscal.

Entre tanto, el clérigo Jáuregui, sea por su propia voluntad, sea por consejo del obispo, para dar tiempo a que los ánimos se aplacaran, se retiró a una chacra inmediata a la ciudad.

Lo supieron los oidores; i como supusiesen que aquel era todo el castigo que se iba a imponer al osado predicador, espidieron un auto, que copio por mencionarse en él los diversos incidentes de una ocurrencia que por dias iba tomando proporciones.

"En la ciudad de Santiago de Chile, en veinte i Ocho dias del mes de mayo de mil setecientos i catorce años, los señores presidente i oidores de esta real audiencia, estando en el real acuerdo de justicia, dijeron: que por cuanto el dia domingo veinte del corriente, habiendo concurrido por tribunal esta real audiencia a la santa iglesia catedral a la celebracion i fiesta de la santa pascua de Pentecostes, subió a predicar el licenciado don Melchor de Jáuregui, clérigo presbitero de la familia i caudatario del ilustrísimo señor doctor don Luis Francisco Romero, obispo de esta ciudad, quien así mismo se halló presente; i faltando el dicho predicador a su obligacion, al respeto debido a este superior tribunal i a la modestia i moderacion que previenen el santo concilio de Trento, sagrados cánones, leyes i

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