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cion, a pesar de consignar el hecho en un escrito destinado a ponderar el alto grado a que la ilustracion habia llegado en algunas de las comarcas del nuevo mundo.

Parece, sin embargo, cierto que habia bibliotecas de ocho mil i tantos volúmenes (1).

En los últimos tiempos de la época colonial, existian aun en las provincias mejicanas, como la de Guanajuato, librerías particulares que contaban hasta mil volúmenes (2).

Otro tanto sucedia, mas o ménos, en todos los conventos de América.

Un escritor americano, citado por don Juan María Gutiérrez, aseveraba en 1785 que las bibliotecas públicas de Sevilla eran inferiores por el número i la calidad a las de Lima.

Bien pudo ser cierto; pero es mui de presumir, como lo insinúa el mismo señor Gutiérrez, que el escritor aludido se dejase arrastrar por el espíritu de hipérbole andaluza.

Era este un achaque a que los criollos solian sentirse inclinados, manifestando ser descendientes lejítimos de aquel valenton sevillano tan maestramente pintado en el conocido soneto de Cervántes, que consideraba preferible a la mansion de la gloria celestial el túmulo erijido en la catedral de Sevilla para las exequias de Felipe II.

Uno de los sonetos laudatorios colocados al frente del poema del doctor limeño don Pedro de Peralta Barnuevo titulado Lima Fundada no retrocede ante proclamar que el autor ha oscurecido a Vir jilio i Homero.

No puede llevarse mas lejos el candoroso senti

(1) Eg&ara i Kgurcn, Biblioteca Mejicana, nnteloquía 10.

(2) Alainan, Historia de Méjico, parte 1.*, libro 1.°.

miento de pretendida superioridad que se denomina provincialismo.

¿No entraria en la misma categoría la comparacion entre las bibliotecas de Sevilla i de Lima?

Pero, en fin, todas aquellas colecciones eran verdaderas bibliotecas de conventos, o dignas de serlo, compuestas de enormes libros en folio, casi todos escritos en latinf i referentes a cuestiones escolásticas de teolojía i de derecho, i reunidos, puede decirse, bajo la vijilancia suspicaz de los obispos i de los gobernadores, de los subalternos de los unos i de los otros.

Preciso es confesar que todo aquello no era propio para estimular la aficion a la lectura, i sobre todo, que no era mui instructivo que digamos.

La existencia, pues, de estas indij estas bibliotecas, objeto de vanidad mas bien que de uso, no prueba que fueran utilizadas por gran número de personas.

Los que, tal vez por espíritu de paradoja, se han empeñado en sostener que el gusto de la lectura estaba bastante difundido en la América bajo la dominacion española han invocado en su apoyo la vastísima erudicion de que hacian ostentacion algunos escritores americanos, por ejemplo, un Villarroel, un Peralta Barnuevo.

Pero, en primer lugar, algunas escepciones no pueden constituir una regla jeneral; i en segundo, ese aparato de erudiccion, tan a la moda en los tres siglos anteriores, era,W> la obra personal de los que la empleaban, sino, por lo comun, el resultado de los trabajos acumulados de una serie de autores que junto con agregar algunas citas de su propia cosecha, copiaban las que habian amontonado sus antecesores.

Por último, para dejar bien establecido el hecho de la poca o ninguna aficion a la lectura que, dados los antecedentes, debemos naturalmente suponer en los habitantes del nuevo mundo, me es suficiente mencionar lo que sucedía sobre el particular en la mas opulenta e ilustrada de las colonias hispano-americanas, i apelar para ello al testimonio de uno de sus mas conspicuos i concienzudos historiadores.

"Solo algunos pocos individuos aplicados, dice don Lúeas Alaman refiriéndose a lo que pasaba en Méjico, adquirian instruccion de la historia i otros ramos en virtud de lecturas i estudios privados que se dificultaban por la escasez i alto precio de los libros" (1).

XVI.

Pero si durante la época colonial se leia poco en este continente, todavía, como era de esperarse, se escribia ménos.

Si queremos apreciar el estado intelectual de los hispano-americanos en vista de la produccion de obras científicas o literarias, es preciso que prescindamos de todas las que fueron escritas por españoles que vinieron a establecerse en América ya entrados en años i educados, o por criollos que fueron a instruirse en la Península.

¿Qué es entonces lo que queda?

No necesito dar una respuesta que todos conocen.

Todavía las pocas obras escritas por hispanoamericanos educados en América, referentes por lo jeneral a la historia natural, civil i eclesiástica

(1) Álaman, Historia de Méjico, parte 1.*, libro 1.°, capítulo 1.°

de estos países, quedaban manuscritas o inéditas, sepultadas en algun archivo, o entre los restos de una testamentaría.

Pero la lei iba a vijilarlas aun en esos polvorosos asilos que dividían eon la polilla i con las ratas.

Segun una disposicion de Felipe II, no podia conservarse, i por consiguiente mucho ménos comunicarse a otro, ninguna obra manuscrita relativa a relijion sin que hubiera obtenido la competente licencia, bajo pena de perder la vida, la obra que debia ser quemada, i los bienes que debían aplicarse por terceras partes al Asco, al juez i al denunciador (1).

Los escritores' americanos tenian que vencer grandes dificultades para darse la satisfaccion de imprimir sus producciones.

En la América Española, las imprentas eran tan escasas, como caras.

El padre Meléndez ha descrito, citando casos prácticos, el riesgo que corrian los que enviaban sus obras a imprimirse en la Península. "Todo este riesgo (el de estraviarse), dice, tienen los pobres escritores de las Indias que remiten sus libros a imprimirlos a España, que se quedan con el dinero los correspondientes, siendo tierra en que lo saben hacer, porque hai muchas necesidades, aun estando presentes los dueños, cuanto mas en las largas distancias de las Indias; i echan el libro al carnero, i al triste autor en olvido" (2).

Así las obras quedaban manuscritas, como puede atestiguarlo, entre todas las demas, la vergonzante literatura chilena de la época colonial, que

(1) Novísima Recopilación, libro 8, titulo 16, lei 3.

(2) Meléndez, Tesoros Verdaderos de Indias, tomo 1.°, prólogo.

se compone casi esclusivamente de producciones inéditas, de que solo habia una o dos copias.

En efecto ¿cuáles son las obras impresas que tenemos de ese tiempo?

Las de Oña, Ovalle, Villarroel, Molina, i otras cuatro o seis.

¿Cuántas son las que nos han llegado inéditas?

Muchas mas.

Entre otras, las de Pineda i Bas"cuñan, Córdova i Figueroa, Oliváres, Vidaurre, Pérez Garcia, Carvallo i otras varias.

La metrópoli no habia cuidado siquiera de dar a luz las interesantes cartas o mejor relaciones del conquistador Valdivia, i las crónicas no ménos curiosas de Góngora Marmolejo i de Marino de Lovera.

XVII.

Sin embargo, a fuer de imparcial, debo decir que de cuando en cuando, el rei i sus ajentes en América parecian empeñarse en la publicacion de algun libro útil, como resulta de las piezas que siguen; pero esta es una escepcion, que no debe tomarse en cuenta.

"El ex-jesuita don Miguel Oliváres ha remitido al rei por mano de su ministro en Roma la primera parte de la historia que tenia compuesta de ese reino, espresando que la segunda se la habia interceptado el virrei del Perú al tiempo de partir para Europa, i que supo habia parado en poder del asesor de aquel virreinato don José Perfecto de Sálas. En su consecuencia, me manda el Rei encargar a V. S. estrechamente procure averiguar el paradero de esta obra, i que si está en poder de la viuda de Sálas, que reside en la ciudad de Mendo

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