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en balsas hechas de pelotas; y habiendo comido proseguimos caminando hasta ponerse el sol. El dia siguiente, que fué el de la traslacion del apóstol Santiago, le pareció al maestre de campo conveniente destacar un tercio, como lo hizo, y se lo entregó al portugues, su sargento mayor, con orden de que les atajase la puerta á los enemigos, y en caso que hubiesen pasado, le avisase haciendo fuego: el otro tercio fué siempre siguiendo el rastro de los infieles hasta llegar al rio que dige arriba se llama Yaican, y llegando al paso por donde pasó el enemigo, lo hallamos á nado, y así pasamos á volapié por otro paso mas arriba.

Puestos de la otra banda descubrimos el otro tercio, que venia caminando con mucha lentitud, por venir lo mas de la gente á pié y rendida, ó por lo que Dios sabe; y llegando á emparejar con él se le ordenó de nuevo á dicho sargento mayor prosiguiese su marcha hasta el paso por donde tiraba su rastro. Nosotros fuimos caminando ; y como á las cuatro de la tarde dimos con los enemigos que estaban sobre el pueblo antiguo de los Chanas, los cuales luego que nos descubrieron se pusieron en armas mudando caballos: lo mismo hicieron los nuestros y se trabó una famosa escaramuza de una y otra parte, pero les fué peor en ella que en las pasadas, porque salieron ocho heridos y tres ó cuatro muertos. De los nuestros solo al capitan de la gente de Sn. Borja le dieron una pedrada

daño. El otro tercio que habia ya llegado, puesto en una loma, como unas tres cuadras de nosotros, se estuvo á la mi. ra; y aunque el maestre de campo le ordenó por tres veces caminase, para incorporarse con este otro, se estuvo quedo. Pretendia el maestre de campo entresacar cuatrocientos indios de á caballo, los doscientos lanzeros, y los otros doscientos escopeteros; y lo mismo los caballos, es

poco

que le hizo

cogiendo los que estuvieren menos fatigados, dejando el resto de la gente para que cuidase de las cargas, mulas y resto de la caballada, y con otros cuatrocientos ginetes avanzar la chusma de los infieles, que estaba como un cuarto de legua, poco mas, de nosotros; pero esto no tuvo efecto por la omision de dicho sargento mayor

ó

porque Dios asi fué servido permitirle por sus altos fines, que no alcanzamos. El maestre de campo quiso hacer alguna demostracion con dicho sargento mayor, por su rebeldia é inovediencias repetidas, de que yo soy testigo ; pero tomé yo la mano disculpándole que quiza no le habrian dado el recaudo ú órden &. Con esto se templó y se compuso la

cosa.

El sol iba ya de caida, y en el parage en que estabámos no habia agua para la gente, y para las cabalgaduras mucho menos, con esto determinó el maestre de campo á pedimento de los indios, alojásemos donde los Machados, suelen tener su rancheria, y haciendo de la retaguardia manguardia, empezamos á caminar cuando llegó el dicho sargento mayor diciendo queria caminar á pié tras el enemigo (que ya se habia retirado) aunque fuera toda la noche basta alcanzarlo. No vino en ello Piedrabuena, representándole los inconvenientes que se podian seguir : lo primero, la gente en todo aquel dia no habia comido,

que venia readida, que á muchos indios fué necesario que otros subiéndolos á grupa llegasen con ellos á incorporarse en el tercio, y esto me lo dijo á mí el mismo portugues; lo segundo, que el indio, en faltándole el agua, parece tolera la hambre pero no puede sufrir la sed, y que agua no la habia en todo aquello; lo tercero, que nuestra gente no era práctica de aquellos parages, y los infieles la tenian toda medida palmo por palino; lo cuarto, que la noche era oscura, y solo con que los enemigos se tendiesen en las cañadas, nos podian hacer matar la gente y hacer risa en los indios, que con la oscuridad de la noche estaba ariesgado á que se matasen unos á otros entre sí, &, cou otros muchos inconvenientes que se podian seguir, los cuales se le imputarian á él solo y no á otro alguno, y asi que caminase tras nuestro tercio para que alojasemos juntos, como se ejecutó.

Al otro dia, que fué el de San Silvestre, el maestre de campo, á los capitanes y cabos principales de todos los pueblos, representoles el estado en que se hallaban, y así que le parecía sería acertado el pasarnos á la otra banda del Uruguay, por el

pasan las cabalgaduras, que está mas arriba del paso ordinario de las canoas, y por donde habia don Fernando Valdes pasado su caballada, acabada de llegar de Córdova, sin pérdida de caballo alguno, como habia dicho el indio Ignacio que en la ocasion se hallaba en Santo Domingo; que puestos de la otra banda dariamos descanso á las mulas caballos, no estariamos molestados de los infieles, tendriamos vacas para la gente, y que desde allí hariamos despacho a las doctrinas, avisando á su reverencia del P. Superior del estado en que nos hallabamos, para que su reverencia dispusiese y ordenase lo que tuviese por mejor y juzgase convenir, etc. Todos vinieron en ello y aprobaron el parecer del maestre de campo; así me lo digeron algunos de los capitanes á quien hablé cuando venian de allá. Ese mismo dia pasé á la Reduccion en un bote que nos envió el corregidor, llevando por mi compañero al español Francisco Saravia, á negociar algunos caballos y vacas para los soldados, porque desta banda no las habia, sino lejos; porque con la concurrencia de tanta gente y ruido de los tiros, se habia ahuyentado el ganado, sino es que digamos que los infieles lo ahuyentasen, como lo habian dicho. Caballos hallé cincuenta de buena calidad, los cuarenta estaban ya de la otra banda del rio enfrente de la Reduccion, vacas no hallé sino solas cinco. Hallé cuatro balsas de nuestras doctrinas, que cuatro dias habia, habian llegado de Buenos Ayres, á las cuales el dicho corregidor el dia antes habia socorrido con doce reses, y ellas traian porcion de charque que habian hecho en el rio llamado San Salvador, que está como cuatro leguas mas abajo de Santo Domingo. Digeles la necesidad en que se hallaban los soldados, y ellos con mucha caridad me lo franquearon todo, ofreciéndoles yo que, en pasando de aquella banda, daria providencia para que se les diese el avio necesario para su camino. Pedíles tambien las ocho canoas, que con otras dos y el bote que nos franqueaba el corregidor, estabamos aviados. Diles órden que fuesen caminando rio arriba y descargasen las balsas mas arriba del arroyo que llaman Viscaino, y que quedasen los capitanes con algunos indios cuidando de las cosas que llevasen las canoas, de la otra banda, digo, de esta bauda. Con esto tomamos nuestro rumbo, ellos rio arriba y yo para esta banda. Habiendo llegado hice juntar la gente á la puerta del toldo del maestre de campo, para darles razon de toda esta disposicion, para que fuesen arrimando sus cosas á la costa del Uruguay; pero les hallé totalmente trocados, y tomando la inano un indio de San Borja llamado Pedro N. que no era cabo principal de su pueblo, dijo: que no se consolaban de pasar á la otra banda, que sus caballos estaban muy flacos y se habian de ahogar en el rio. Dijele que para eso tenia ya diez canoas prevenidas para pasar á lazo los que no estuviesen á propósito 6 con fuerzas para nadar; y aunque nas le insté, representándole y exagerándole las conveniencias de la otra banda y los riesgos que podiainos recelar por esta, etc, no hu

paso por

donde

mer.

bo forina de convencerle y añadió que de este parecer eran todos, que por donde veninios no faltaban toros para co

Con esto se determinó la vuelta á las doctrinas, porque por esta banda no había donde poder hacer pié dos dias continuados, por la escasez de los pastos, y mucho mas del ganado para el sustento de los indios; y así aquel mismo dia, primero de Enero, empezamos á caminar y llegamos al Yapeyú á veinte y tres del mismo mes.

Luego se reconoció el efecto de este desacierto, porque á pocas jornadas se halló en el Palmar Grande, algo desviado del camino, un indio muerto violentamente, que no conocieron los que le hallaron quien era, ni de que pueblo, enterráronle los indios de Yapeyú: de allí á poca distancia se halló otro alanceado en las espaldas, sobre un arroyo junto á la ceja del monte, que tampoco conocieron quien ni de que pueblo era, este quedó por enterrar, porque los indios

que

lo hallaron no se atrevieron á detenerse de miedo, por ser dos solos, y cuando me avisaron nos hallábamos

ya dos jornadas mas acá. Dios sabe si han perecido otros mas. Todo esto se obviaba viniendo por la otra banda, y otros muchos, no ignoran los infieles los de nuestra gente en las retiradas, por la esperiencia que tienen de lo sucedido en otras ocasiones semejantes. El dictamen y parecer de pasar y venir por la otra banda del Uruguay, fué mio, el cual no solo no fué admitido, sino que fué tenido por disparate ; cúmplase la voluntad de Dios y nos dé acierto en todo.

En la reduccion de Santo Domingo Soriano supe que la noche antes que yo fuese pasaron dos indios infieles, el uno de nacion Mohan, los cuales dijeron que los indios que los nuestros habian herido de los suyos eran diez y ocho, de los cuales habian muerto ya trece y otro estaba para morir, que no escaparia; el uno era hermano del ca

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