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esa carne lo que más codiciaban, como asegura Gonzalo de Zúñiga; si los Choques, por regalo y golosina, se comian los propios hijos tiernecitos, otros lo verificaban, por venganza, únicamente con los enemigos, y no fué ditícil apartarlos de la práctica. Piedrahita refiere (lib. xi, cap. vil) que cuando Pedro de Ursúa fundó la villa de Tudela, apurados los vecinos tuvieron que abandonarla á los pocos dias. En la retirada murió mucha gente española, y un religioso que cayó vivo en manos de los Nauras fué comido luego, comunicando á cuantos participaron del manjar una gran enfermedad que padecía, y así «consiguió este sacerdote, con su cuerpo muerto, desterrar de esta nación un vicio que con gran dificultad lo consiguiera vivo.»

Había naciones que celebraban más bien por ceremonia el acto, aunque lo detestaran, entre ellas, ciertas gentes de Maracapana. El referido Castellanos nota que al efecto se reunían los guerreros en lugar solitario, y rompiendo todos los vasos en que la carne se guisaba, no la comian con grita y regocijo, antes como si en algún modo les sirviese de tormento. Confírmalo Fr. Pedro de Aguado, al dar noticia de la expedición que, con ayuda del cacique Guaramental, hicieron los soldados de Jerónimo de Ortal.

«Como en la batalla dada á sus enemigos, dice, cogieran á un capitán indio de los principales, los de Guaramental se llegaban á él, y dirigiéndole con ceremonia ciertos razonamientos, vivo como estaba le iban cortando los miembros y otros pedazos del cuerpo, hasta que con aquel tormento lo mataron, y sacándole entonces la asadura, embijadas las bocas por mayor grandeza, la repartieron entre ellos y se la comieron. En solo tal acto y ceremonia, añade, y en razón de venganza y rito suelen comer estos indios y otros de la provincia esta parte del cuerpo humano, y no otra ninguna; pero los Cherigotos, Iparagotos y Pitagotazos la comen por vicio, pudiéndose pasar sin ella, por ser gente muy proveída de todo género de comidas, así de carne de monte como de pesquería y mantenimientos de la tierra y todo género de aves.»

Sobre todas las otras naciones de indios, se señalaba y distinguía en el canibalismo, según nos cuentan, la caribe, raza superior, inteligente, guerrera y navegante. A sus ojos, las demás gentes habían nacido para ser esclavas suyas, y á todas trataban con desprecio y tiranía, dando a entender su prepotencia el temor y el 'miramiento de cualquiera de ellas. Sus vecinos en el Orinoco, los Salivas, creían á los Caribes oriundos de un tigre; los Achaguas los suponían nacidos de los gusanos que comieron el cuerpo de una serpiente enviada por el demonio, considerándolos por do quiera azote de la tierra. Tenian, según la expresión de Caulin, espíritu ambulativo, con que estaban en continuo movimiento por las aguas de los ríos y de la mar en ligeras embarcaciones que sabían construir y manejar con habilidad: la guerra era toda su ocupación y la antropofagia el estimulo primero de las expediciones, aunque sirvieran también éstas para proveerles de esclavos que cultivaran sus tierras.

Hay quien supone que los Caribes procedían de la Amé. rica Septentrional, por la que descendieron hasta Florida, haciendo larga etapa en los montes Apalaches, que de alli pasaron á las Antillas menores y por su cadena al Orinoco: hay quien, por el contrario, opina que por este río desembocaron al Océano, invadiendo las islas, y, á mi juicio, es esto lo más probable. Esa raza debió fortalecerse en la región que se extiende entre los ríos Orinoco y Marañón, por los cuales y por sus grandes afluentes llevó la dominación hacia el Sur por el Brasil hasta la Patagonia, por el Oeste hasta traspasar la Cordillera, y por Oriente a las Antillas, apoderándose de Trinidad, Antigua, San Cristóbal, Dominica, Guadalupe y Marigalante. A la llegada de los españoles intentaba la conquista de Puerto Rico, y sin ella es probable que lograra su propósito y que sucesivamente cayeran en su poder Cuba, Jamaica y Santo Domingo con el resto del grupo, poniéndose entonces frente á frente de los pueblos de Yucatán y Méjico, más vigorosos para resistirla.

Poco estudiada todavía la raza caribe, inéditas las relaciones españolas del tiempo de la conquista y de los posteriores, como lo es la obra de Fr. Jacinto de Carvajal, escritores extranjeros de concepto como Washington, Irving* y el Barón de Humboldt** han puesto en duda ó más bien ne. gado el canibalismo, expresando el primero que eran los Caribes horror de los indios y pesadilla de los españoles; afirmando el segundo haber oído á los misioneros de Caroni y del Bajo Orinoco que los Caribes eran quizás los menos antropófagos del Nuevo Continente.

Entre nosotros se mostró escéptico D. José Julián de Acosta y Calvo al ilustrar la Historia de Puerto Rico de Fr. Iñigo de Abad y Lasierra***, y rectificándole, con citas

Vida y viajes de Cristóbal Colón.
Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.
Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan de

de Raynal, Robertson, Du Tertre, Labat y Cochin, expresó que cuando menos se exageró á los principios del siglo xvi el canibalismo de los Caribes, aunque nada de increible tiene tal perversión de los instintos del hombre en ciertas tribus salvajes.

D. Juan Ignacio de Armas ha ido más adelante, presentando ante la Sociedad Antropológica de la Habana, no sólo la negación de los Caribes de una mancha que deshonra la especie humana, sino de la antropofagia en todas las comarcas americanas exploradas por los castellanos, entre otras razones eruditas, por la de que «la naturaleza y las condiciones materiales que rodeaban a los indios habian determinado funciones especiales en el organismo de éstos, y en consecuencia, no había al llegar Colón un solo estómago en las Antillas, ni aun en toda América, fisiológicamente organizado para digerir la carne.»

En favor de su opinión, cita el Sr. Armas varios textos del mismo Almirante que parecen fortalecerla; mas la epistola 146 de Pedro Martir de Angleria la destruye, pues sabido es que el origen de las noticias que comunicaba era el mismo Colón. Dice, pues, á su ilustre amigo Pomponio Læti:

«Habéis oído hablar de Lestrigones y de Polifemos que se alimentaban con carne humana; pues no dudéis de su existencia. Al Mediodia de la isla llamada Española hay un archipiélago poblado de gente feroz, denominada caníbales ó caribes. Usan barcas formadas del tronco de un árbol ahuecado, que nombran canoas; atacan por sorpresa á las islas vecinas, y comen los prisioneros que hacen. A los niños castran, como aqui se hace con los pollos, para que crezcan y engorden antes de comerlos. Todo esto se ha sabido del modo siguiente:

»Cuando nuestros navios llegaron a las islas, espantados los caníbales de su grandeza, huyeron a la espesura de los bosques. Los marineros entraron en las chozas, que son de madera y forma esférica, y en los maderos que sostiene el techo vieron colgados perniles de carne humana en cecina. Hallaron tainbién la cabeza de un joven, recientemente cortada; algunos de los miembros estaban preparados para cocerse en calderos, juntamente con trozos de patos y co

Puerto Rico por Fr. Iñigo Abad y Lasierra. Nueva edición, anotada en la parte histórica y continuada en la estadistica y económica por José Julián de Acosta y Calvo. Puerto Rico, imprenta e Acosta, 1866, en folio.

torras, y otros ensartados en palos para ser asados. La gente logró apoderarse de la reina de los caníbales, que volvía de la caza en una canoa, acompañada de su hijo y de seis remeros, pero en tierra no pudieron coger ninguna persona. En cambio soltaron á treinta hombres de los que los canibales tenían encerrados en su corral, como bestias, para comérselos. Estos contaron muchas cosas que algún día sa- . bréis...)

En la epístola 152 vuelve á escribir:

«Entre los indios (de la Española) hemos hecho papel de Dioses desde que han visto los siete Caribes con su reina, capturados antes, Aunque estaban atados, no se acercaban sin temblar, y no osaban mirarles á la cara.»

Américo Vespucio dijo, por su parte, en la relación del segundo viaje:

«Estas gentes conservan los prisioneros para comerlos. He hablado con un hombre que se jactaba de haber gustado parte en más de trescientos cadáveres, y he vivido veintisiete días en un pueblo en cuyas casas estaban colgados los cuartos de hombre, salados, como en las nuestras se cuelgan los tocinos. Los salvajes se admiran de que nosotros no comamos a nuestros enemigos, asegurando que es carne muy sabrosa.»

Impresa la disertación del Sr. Armas, que niega asimismo la deformación artificial del cráneo de los Caribes *, ha producido animada discusión en la referida Sociedad, y por consecuencia la han impugnado D. Manuel Sanguily ** y el Dr. D. José R. Montalvo, contrayéndose el último á la va. riedad craneana ***. La discusión continúa en los periódicos, y es de esperar que á la ilustración de los contendientes toque llenar la laguna que hasta ahora se encontraba en la historia del Nuevo Continente; pero es de advertir que en los tiempos en que el Barón de Humboldt visitó las riberas del Orinoco había cambiado notablemente el modo de ser de los Caribes de Tierra firme, por contacto, siquiera ligero, con la civilización que avanzaba.

* Estudios americanistas. I. La fábula de los Caribes, por Juan Ignacio de Armas, individuo correspondiente de la Real Academia de la Historia. (Leido en la Sociedad Antropológica de la Habana.) Habana, imp. El Fénix, 1884, 4., 31. págs.

** Los Caribes de las islas. Estudio critico, por Manuel Sanguily. Habana. Imp. La Universal, 1884, 8.°, 64 págs.

*** Deformaciones artificiales del cráneo. Réplica al Sr. D. Juan Ignacio de Armas, por José R. Montalvo, médico de la Maternidad y miembro de la Real Academia de Ciencias y de la Sociedad Antropologica, Habana, 1884. TOMO II.

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Desde que los Holandeses se establecieron en Guayana, el interés de adquirir fusiles, pólvora, bebidas espirituosas, hachas, cuchillos y otros objetos útiles, persuadió á los Caribes á aceptar la alianza y cambio comercial que aquellos les brindaban; entregando por su parte indios de las misiones españolas, que reducidos á la esclavitud, habían de dar movimiento y vida á los ingenios y lavaderos. Estimuladas constantemente con anticipos, mantenían aquellas tribus el ejercicio guerrero de sus antepasados; asolaban los pueblos trabajosamente constituídos en las márgenes del Meta, Arauca, Casanare y Bajo Orinoco, y si con ello perdía el progreso de la cultura, ganaba el comercio de Holanda, que en todo caso podía envanecerse de haber contribuído á desterrar la antropofagia, pues si antes eran exterminados los prisioneros, después tenían cuidado los Caribes de conservarlos como preciosa mercancía, y sólo á los ancianos, muchachos ó inútiles quitaban la vida.

Con las armas de fuego, que en perjuicio de los españoles les proporcionaban, ayudaron también los Holandeses inconscientemente a los fines humanitarios. La flecha impregnada en curare jamás erraba la puntería del Caribe, dando segura muerte la más leve herida. Por lo contrario, el fusil en sus manos hacía más ruido que daño, y esto ya lo notó el P. Gumilla; mas el año de 1731, en que escribía, después de visitar las principales rancherías que estas naciones tenían en el Caroni, no habían desterrado del todo sus antiguas costumbres, saciando en las mujeres y párvulos que cautivaban el bárbaro apetito de carne humana *, y terciaba el siglo xvii cuando pudo hacer igual observación el Sr. D. José Solano, capitán de fragata, comisario de España en la señalación de límites con Portugal, y más adelante capitán general de Venezuela, Marqués del Socorro, etc.

La interesante narración de su viaje en los años de 1754 á 1766 por el Orinoco, Río Negro y principales afluentes, no publicada todavía, contiene muchos datos acerca de la vida y costumbres de los indios ribereños. Explicando como se arriesgó á penetrar con muy corto acompañamiento hasta la junta de los ríos Orinoco y Atabapu, donde residía el cacique Crucero, uno de los más poderosos de la región, como jefe de los Guipunavis, refiere le envió mensajero con petición de alguna cosa que cenar, por no haber probado nada en todo el día. El cacique remitió abundantes provi

* Gumilla, edic.de 1745, t. 11, pág. 370.

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