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tumbres, pervirtió los corazones, corrompió á las mugeres, afeminó á los hombres, y atrajo por último la maldicion sobre el egército español de Guadalete, derrotado, acuchillado por el alfange sarraceno, y espantado sin honor hasta abandonará merced de la morisma á aquella nacion belicosa, llamada por antonomasia en otro tiempo terror del imperio. No quiera Dios que conjure yo con una afrentosa indiferencia otra catástrofe semejante, y antes bien caigan sobre mí todos los trabajos y tribulaciones á costa de salvar los timbres de la Religion y de la patria! ¿Quién sabe si las aflicciones de los prelados han sido aceptadas por Dios para conservar ilesa la independencia eclesiástica? Lo cierto es, que tan pronto como despues de la desaparicion de D. Rodrigo, despertando los Obispos del letargo, se presentaron en defensa de sus derechos, la Iglesia recuperó su libertad y la nacion continuó siendo católica, pues á lo menos no se dirá que se postraron á Baal los que bajo el yugo sarraceno profesaron la fe públicamente, ni tampoco los que, cargados de reliquias y vasos sagrados, se retiraron con D. Pelayo á las Asturias á formar en sus montañas una nueva Roma, que dilatára con el tiempo mucho mas que la antigua los límites de su glorioso imperio. Los prodigios de constancia y de valor, á los que estaba reservada esta aventura, no son enteramente estraños á mi propósito, antes bien servirian para continuar la prueba de la independencia de la Iglesia; pues asi como no he ocultado la tendencia opresiva adaptada por los reyes desde que al fin del siglo VII intentaron deponer prelados y nombrarlos arbitrariamente con violacion manifiesta de los Cánones, asi tambien es de justicia traer ahora á la memoria, en primer lugar que los Obispos de las diócesis ocupadas por los sarracenos, constantes en la antigua disciplina de la Iglesia hispana, aseguraron la contínua sucesion en todas ellas de legítimos pastores, é inspiraron á los fieles bastante celo y espíritu religioso para esclarecer sus iglesias con gran número de gloriosos mártires; y en segundo, que muchos otros prelados, agregándose con espíritu marcial á D. Pelayo, escitaron en el ánimo del esclarecido príncipe y sus valerosos compañeros aquel entusiasmo religioso que, animando la fe de los combatientes, nunca vieron la patria sin la Iglesia ni la Iglesia sin la patria. En este punto no se presenta diferencia ninguna de opiniones, pues todos convienen unánimemente en que el joven Pelayo, preservado por la gracia de Dios de la corrupcion de aquel siglo escandaloso, habiendo recogido las reliquias dispersas de la derrota de Guadalete, y tomado bajo su proteccion los Obispos y sacerdotes mas edificantes, se encaminó en buen orden á las Asturias; y que fortificándose en sus desfiladeros y montañas escarpadas, logró contener en un principio á la defensiva la marcha victoriosa de los moros, hasta que estrechados despues por los bárbaros cerca de Covadonga se arrojó espada en mano sobre los enemigos, haciendo de ellos una carnicería tan espantosa que no ha podido esplicarse nunca sin milagro. Todavia despues de tantos siglos señalan los naturales de la sierra de Liébana ciertos sitios por donde corrió la sangre mora, y resuenan en las márgenes del rio Deba sus canciones con los nombres de Soliman y Monnuza derrotados por D. Pelayo; y aunque sería ciertamente importuno detenerse en la relacion detallada de aquellos triunfos prodigiosos tan gratos á la memoria nacional, nada sin embargo parece mas á propósito para penetrarse del profundo respeto de los progenitores de V. M. á la santa madre Iglesia, nada mas propio, añadiré, para profundizar en las causas secretas de la grandeza española, que fijar la consideracion en el entusiasmo religioso que reinaba entonces en todas las hazañas. ¿Quién es capaz de esplicar de otra manera los maravillosos combates que ilustraron las cumbres y los valles asturianos? ¿Quién tampoco de darnos razon de la restauracion súbita de la monarquía, y de aquella fuerza enérgica de los guerreros cristianos poco antes tan abatidos? Yo heleido en las historias el imperio de los persas llenar de espanto el mundo durante sus victorias, pero desaparecer como una sombra con los triunfos de Alejandro; he visto el imperio griego caer á su vez delante de las águilas romanas, y en seguida á la orgullosa Roma, presa de los bárbaros, ser borrada del número de las naciones, sin volver jamás á recobrar su puesto y nombradía ni persas, ni griegos, ni romanos. Solo el imperio español es el que se me presenta, invadido, arrollado, deshecho por los sarracenos, y reducido á las peñas cóncavas de los montes asturianos, aparecer nuevamente en Covadonga enarbolando el estandarte de la cruz, y precipitándose sobre sus conquistadores no parar en su carrera hasta dar la vuelta al mundo, y plantarle en Mégico, Lima y Mamila..... Perdonad, Señora, si arrebatado del antiguo esplendor de nuestra amada patria, tan humillada en los presentes dias, he cedido á la imaginacion mas de lo que debiera. Yo confesaré voluntariamente este desacuerdo, con tal que los enemigos de la Religion me permitan observar que es el mayor absurdo de cuantos pueden ocurrir en materias de crítica pedir pruebas contra la independencia de la Iglesia al siglo de Pelayo y sus piadosos sucesores. En un tiempo en que se figuraban los cristianos ver rodar los montes desgajados sepultando á los moros fugitivos, y setenta y ochenta mil infieles tendidos en Olalle por un puño de cristianos que invocaban el nombre de la Virgen, es necesario haber perdido el juicio para imaginarse encontrar entre aquellos fieles las opiniones de Lutero y de Wiclef, Lejos de esto, la razon auxiliada de la crítica y la esperiencia nos anuncia lo mismo que la historia de España continúa refiriendo, á saber, que la independencia de la Iglesia se conservó con tanto respeto y tan intacta, que á la par de como iban adelantándose las reconquistas, se restablecieron tambien todos sus templos; práctica facilitada en los cánones de España con motivo de los godos arrianos, cuyas iglesias despues de su conversion ocupaban los católicos por derecho de posliminio. Asi que, lejos de sorprendernos vestigio alguno de usurpacion en aquella época, se encuentran amontonados monumentos eternos de la munificencia y gloria de los monarcas, tanto que á poco tiempo de haber fallecido D. Pelayo, hácia el año de 739, pudo ya restaurar Don Alonso el Católico la catedral de Lugo, y mas adelante la de Astorga, en las que se ven depositadas, como es público y notorio, las pruebas de su piadosa y magnánima generosidad.

14. Con todo, á pesar del patrocinio de los reyes y sus favorables intenciones, no debe perderse de vista que, hallándose la Iglesia hispana en la absoluta imposibilidad de gobernarse por su antigua disciplina, disuelta que fue la monarquía de los godos, necesitaba de un medio estraordinario para salvarse del naufragio. Las sillas de sus cinco metrópolis y las sufragáneas hasta el número de sesenta, mas ó menos, guarnecidas de moros, no permitian la convocacion de los Concilios ni la asistencia periódica de los Obispos, por lo que indispensablemente se habria de resentir la administracion de la justicia, especialmente contra los superiores que hubiesen incurrido en alguna culpa grave. Uno y otro se presentaba impracticable á las partes agraviadas, por cuanto inter

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