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cuerpo que prorrumpiendo en públicas demostraciones de sentimiento, divididos los vecinos en parcialidades, se convirtió la ciudad en enemistades y discordias.

Bien conoció Francisco Infante que su séquito no podía prevalecer mientras Losada se hallase con el carácter de superior, pues el quererle hacer oposición declarada era exponerse él y los suyos á la contingencia de padecer la vejación de un continuado desaire; y así, para quitar este embarazo, consultada la materia con los amigos de su mayor confianza, tomó una resolución bien temeraria, pues determinado á capitular ante el Gobernador las operaciones de Losada, sin reparar en los inconvenientes y riesgos tan manifiestos de haber de atravesar la loma de Terepaima, poblada de tanto bárbaro, acompañado sólo del cura Baltasar García, de Domingo Giral y Francisco Román Coscorrillo, soldados de resolución y de valor, al anochecer de cierto día salió de la ciudad, y caminando con el secreto posible para no ser sentido de los indios, llegó á entrar por la montaña que llaman jas Lagunillas, donde, con la oscuridad de la noche, aumentada de las tinieblas que formaban las sombras de los árboles, perdiendo el tino en la senda que seguían, se halló metido en un laberinto, cercado de confusiones, sin poder acertar con el camino por cuantas partes buscaban; y viéndose afli. gido por el peligro evidente de su vida, si llegaba á amanecer antes de pasar la loma, pidió favor á los cielos, encomendándose á la Virgen Santísima (de quien se confesaba devoto) á tiempo que, ó socorrido del milagro ó ayudado de la casualidad, se le puso por delante, como á distancia de quince pasos, una ave de la hechura y similitud de un pato grande, que esparciendo de sí una luz resplandeciente como una hacha, le manifestó la vereda que ignoraba, guiándolo hasta sacarlo fuera del riesgo de la montaña.

Prodigio que, no obstante hallarse acreditado con la antigua tradición de este suceso y comprobado con la relación que daban los indios de haber en aquel sitio una especie de pájaros nocturnos á quien adornó naturaleza con la propiedad de despedir de sí rayos de luces, como quiera que siendo el día de hoy aquel paraje camino tan trajinado y pasajero, no ha habido en estos tiempos persona alguna que los haya visto, cumplo con la obligación de historiador en referirlo, dejando libre el juicio del lector para el asenso, aunque á mí no me hace dificultad alguna el creerlo, pues vemos la misma propiedad en las lucernas Ó. cucuyes (como llamamos en las Indias), y habrá veinte años vide en esta ciudad un madero que con una creciente arrojó el río Guaire á sus orillas, que de noche, ó puesto de día en parte oscura, como si estuviera ardiendo en llamas, despedía de sí los resplandores; y poniendo la providencia esta virtud en lo vegetable, ¿por qué no la podrá haber puesto en lo sensitivo?

Hallándose Francisco Infante y sus compañeros fuera de la montaña y libres de la congoja que les causaba su detención, se dieron tanta prisa á caminar, huyendo del peligro que les amenazaba en la tardanza, que al empezar a rayar las primeras luces del día se hallaron en las orillas del río Tuy, donde siendo sentidos de los indios Arbacos, bajaron en su alcance de la loma hasta sesenta gandules, pareciéndoles que, siendo cuatro los españoles, podrían con facilidad cogerlos vivos; pero Infante, por no mostrar asomos de Alaqueza en ocasión tan urgente, volviendo el rostro al escuadrón, él y Francisco Román pararon los caballos, aguardando á que llegasen cerca para poder embestirles; Domingo Giral, queriendo hallarse más desahogado y dueño de sus acciones, se desmontó del suyo para pelear á pie sin embarazo, y en esta disposición, cuando les pareció tiempo oportuno, rompieron por los Arbacos, ayudándose los tres unos a otros, con tal destreza y prontitud, que en breve rato, dejando muertos diez y siete, hicieron retirar á los demás por los cañaverales de las márgenes del río; y aunque Domingo Giral, como se hallaba á pie, quiso seguirlos, desistió de su intento al primer paso, asi por haber dado en un atolladero donde por salir dejó los alpargates, como porque, llamado de los compañeros, le fué preciso ocurrir á socorrerlos, pues se hallaban atajados de otra porción de bárbaros que les acometían por las espaldas.

Conociendo entonces Francisco Infante, por las demostraciones de un gandul que sobresalía entre todos, adornada la cabeza de una corona de plumas, que era el que los acaudillaba, puso toda su diligencia en buscar ocasión para matarlo, por considerar que en aquel lance era el único medio para salvar las vidas; discurso que le salió bien acertado, pues habiendo tenido fortuna de encontrarlo y darle con la lanza por los pechos, apenas cayó muerto en el suelo cuando formando los indios una confusa vocería cargaron con el cuerpo y se pusieron en huída, dejando el campo li. bre á nuestros caminantes para que pudiesen salir á las sabanas de Guaracarima, de donde sin embarazo pasaron á Barquisimeto á dar sus quejas al gobernador D. Pedro Ponce; y como éstas las dictaba la pasión y enemistad concebida en Francisco Infante contra Losada, subieron tan de punto las calumnias, que las acciones más prudentes y justificadas pasaron plaza de delitos muy enormes, que ponderados con eficacia de Francisco Infante y apoyados con desafecto del cura Baltasar García, obligaron al Gobernador á tomar una resolución tan intempestiva y arrojada que puso las cosas de Caracas en contingencia de perderse; pues sin más motivo que dar crédito á una relación apasionada, revocó los poderes que tenía dados á Losada, y privándolo del puesto de su lugarteniente despachó nucvo título para que gobernase en su lugar y prosiguiese la conquista á su hijo D. Francisco Ponce, que se hallaba en la ciudad de Santiago.

Muy de susto cogió á Losada semejante novedad, porque jamás se persuadio á que la continuación de sus servicios ni la claridad de su ilustre sangre habían de ser tan poco atendidas del Gobernador que permitiese llegase á efecto la intención con que sus émulos tiraban á lastimarle en lo sensible del crédito y vivo del pundonor; pero experimentando el golpe de su adversa fortuna cuando menos lo esperaba, dando cuantas ensanchas pudo al sufrimiento, obedeció el despacho, y entregado el bastón á D. Francisco Ponce, salió de la provincia de Caracas acompañado de todos los más conquistadores de su séquito, que por no militar debajo de otra mano ni aprobar con su consentimiento el agravio hecho á su general, desampararon la conquista, retirándose á vivir á las demás ciudades de la gobernación, accidente que dejó tan debilitadas las fuerzas de las dos nuevas ciudades de Santiago y Caravalleda, que estuvieron á punto de despoblarse, como hubiera sucedido á no introducirles el so. corro que referiremos después.

No quiso Losada por entonces verse con el Gobernador por no ponerse en contingencia de que el ardimiento de su justa queja propasase los términos de respeto que se debe á un superior; y así, sin entrar en Barquisimeto, pasó de largo á su antigua asistencia del Tocuyo, donde pensaba, retirado, templar el sinsabor de su disgusto; pero como á la lima sorda de un sentimiento no hay corazón, por grande que sea, que no desfallezca, pudo tanto la consideración de su desaire sobre la mala correspondencia de sus muchos servicios, que postradas las fuerzas del ánimo, consumido de melancolías y tristeza, perdió en breve tiempo la vida, con general desconsuelo hasta de sus enemigos, pues jamás pudo la ciega emulación de sus contrarios negar aquel conjunto de prendas que lo hicieron siempre amable.

Fué natural del reino de Galicia, caballero muy ilustre, hijo segundo del señor de Rionegro, de gallarda disposición y amable trato, muy reportado y medido en sus acciones, de una conversación muy amable y naturalmente cortesano; propiedades que le granjearon siempre la dicha de bien quisto.

Cuando pasó á la América dió las primeras muestras de su valor en las conquistas de Paria y Maracapana, donde fué maestre de campo del gobernador Antonio Sedeño; y muerto éste á las violencias de un veneno en aquella jornada que emprendió para el descubrimiento del río Meta, por elección de todos los soldados del ejército fue nombrado, en compañía de Pedro de Reinoso, hijo del señor de Autillo, para que los gobernase, fiando de su prudencia los aciertos de que necesitaban en empeño de aquel porte; y vuelto después á Maracapana, pasó a esta provincia, donde tuvo la estimación que merecieron sus señalados servicios, pues no hubo función en su tiempo á que no asistiese, manifestando en todas su singular talento: con Alonso Pérez de Tolosa entró por maestre de campo al descubrimiento de las sierras Nevadas y lomas del Viento; contra la rebelión del negro Miguel fué nombrado por general de los cabildos, y se debió á su valor la rota de su ejército y muerte de aquel tirano: en la conquista de Caracas y población de sus ciudades no sé si debió más á su fortuna ó á su infelicidad, pues si aquélla le dió la gloria de conseguir lo que no pudieron otros capitanes de gran nombre, ésta le dispuso de sus mismos triunfos la emulación que dió motivo á su muerte con la violenta resolución de un superior imprudente.

Cuasi al mismo tiempo que falleció Losada en el Tocuyo murió también en Barquisimeto el gobernador D. Pedro Ponce de León de una disentería, dejando el gobierno á los Alcaldes ordinarios, á cada uno en su distrito, en el interin que la Audiencia de Santo Domingo daba otra disposición más conveniente.

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